Confianza

Elvira y Raúl empezaron a salir hace dos años y medio. Para Elvira fue un alivio: había roto con su anterior novio dos meses antes y se sentía sola, inútil y completamente desorientada. Raúl le daba la confianza de la que ella carecía. Al año y medio, se mudaron juntos a una gran ciudad como Nueva York. Seguía siendo un sueño para Elvira. Raúl y ella acabarían el master en una universidad de prestigio, después volverían a su ciudad y se casarían. Él encontraría trabajo en banca y ganaría un sueldo de seis figuras al segundo año. Ella buscaría un trabajo de 9-2, iría al gimnasio por las tardes y se encontraría con sus amigas para el café. Volvería a casa a las 8, donde cocinaría la cena favorita de Raúl y le extendería el pijama verde sobre la silla de su cuarto. Así pasarían los primeros años de matrimonio, hasta que se quedara embarazada.

Por eso, Elvira aún no entiende por qué Raúl le ha dejado. Llora y llora en los hombros de quienes le escuchan. Les pregunta por Raúl, por su decisión, por su insensibilidad, les pregunta qué hace ahora, si llora por ella, si tiene ya otra novia. Y al mismo tiempo busca con avidez a otro hombre que le sustituya, porque sola se siente inútil y completamente desorientada.

 

 

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El codo

Cuando era niña, mis amigas y yo nos hacíamos preguntas trascendentales: ¿Cuál es la parte de tu cuerpo que más te gusta? ¿Y la que más odias? También utilizábamos respuestas facilongas: “me encanta el color de mis ojos”, “¿has visto mis dientes de conejo?”, “odio mi nariz achatada”, y un largo etc. Por fin hoy tengo la respuesta a la segunda pregunta. Odio la piel del codo, arrugada, gruesa y grasienta. Me recuerda a las patitas y la cabeza de pollo que robaba de la cocina con diez años para perseguir a mi hermana por el pasillo, mientras ella gritaba por su supervivencia. Se lo comento a mi compañera de trabajo y ella contesta: “Ya, es piel de viejo, solo que la tienes toda la vida. Un spoiler de lo que viene, vaya”.

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Sam, así le llamaremos, trabaja de segurata en el McDonalds de Varick Street. Afroamericano y neoyorquino de 66 años, viajó a las Bahamas hace dos. Los bahameños le admiraban: “Vienes de Nueva York. Qué envidia, qué alegría. Me encantaría mudarme allá”. Él les miraba con resignación: “You are in heaven. You wanna come to hell?”.

 

Rupturas

Cuando a Mariana Ricardo le dejó por primera vez, su mundo se derrumbó. Y con él, sus superfluas amistades con las chicas de clase, como Laura e Inés, que solo la escuchaban para enterarse de qué ocurría con Ricardo. “Lo siento, Mariana. Te quiero, pero ahora no puedo tener una relación”, le dijo con ojos de cordero mientras miraba la hora. Su autoestima cayó por los suelos y no paraba de preguntarse: “soy yo, es él, qué hice, por qué dije, y si hubiera, y si tuviera, y si y si”.  Pero y si “¿qué?”, se respondía enfadada. ¿Él? Un hombre débil y dubitativo, que la mareaba desde hacía año y medio. Después de perseguirla desde cuarto de secundaria, Ricardo se desinteresó cuando Mariana accedió a una cerveza en los Rosales. La segunda vez que rompieron, Mariana ya se sabía la tonadilla, pero también creyó que era definitivo. Lloró durante once días y, al duodécimo, se levantó a las ocho de la mañana y se fue a caminar hasta San Pedro de Cardeña. Dos horas de ida, una hora de descanso, dos horas de vuelta. En total, cinco horas pensando en Ricardo. Volvió a casa, se puso a estudiar para Dibujo Técnico y mandó un par de mensajes de texto a sus amigas de gimnasia rítmica para planear el fin de semana. Dos días después, Ricardo le llamó: que si te quiero, que si fue un error, que si te adoro, que si no me abandones, que si qué hago sin ti. Mariana -entre dudas- cedió: “La última, Ricardo”. Tres meses después, lo volvieron a dejar. Ahora van por la séptima, y Mariana, hastiada de todo, odia la pequeña esperanza que le queda siempre que terminan. Conoce a Ricardo y sabe que, como a la mayoría de los hombres, le cuesta tomar decisiones definitivas. Lo tiene que decidir ella, pero no se ve con fuerzas. “¿La última?”, se pregunta. La undécima. De ahí no pasa.

 

Fábrica

En la ONU, como en toda gran empresa, hay diferentes clases de empleados. Está la clase política, siempre de traje, en su cuarentena o pasados los cincuenta, con papeles en la mano y, muchos de ellos, con gafas de miope. Luego, las ONGs -la clase revolucionaria, que institucionaliza la revolución-. Rondan los veintitantos y visten de ‘smart casual’. Es decir, pantalón azul con camiseta blanca, falda larga con blusa verde, o, mucho más visible, pelo muy corto en mujeres o muy largo en hombres. Y ya, por último, la plebe. También conocida como la clase periodista. Vaqueros con camisa de rayas, pelo rizado fuera de control, deportivas con traje, o falda con zapatillas blancas. Todos con el uniforme adecuado, porque, al final, queremos que nos identifiquen dentro de la empresa.

*Me faltan los becarios, que no saben dónde caerse muertos, pero -muchas veces- creen tocar el cielo.

Masa

Retuerce el brazo derecho sobre la barra del metro y se rasca el trasero con la izquierda; mientras la tripa, como la masa del pan, se le escapa por encima del vaquero. Aunque me encante la textura viscosa y blandengue de las masas, nunca me gustaron las barrigas pastosas de los hombres, pese a que solo cambie la composición, no la textura. Y menos aún de mis compañeros de vagón.

Esquizofrenia

A finales de mayo, Burgos disfruta de una primavera áspera y calmada, como sus habitantes. El sol, medio tapado por las nubes, cae sobre el Barrio de las Huelgas, mientras Alberto y yo nos pedimos la primera caña. Entre caricias a su perro -de raza ‘mil padres’-, y bocaditos de jamón ibérico, Alberto saluda a la mitad de los vecinos de las Huelgas. “No, que ese es usuario de mi trabajo”, “¿Usuario?”. Así llaman a los internados con los que trabaja desde hace dos años en un centro psiquiátrico. La mayoría padecen esquizofrenia y a veces gritan por las noches, incapaces de conciliar el sueño con los ruidos que escuchan dentro de su cabeza.

El perro, que es no suyo, sino del centro, se remueve debajo de la mesa y Alberto le coge las patas con cariño. Su trabajo le gusta, pero le quema. Le aterra la incapacidad total de controlar la propia vida. Se enciende un cigarro con la mano derecha y le lanza un trozo de chistorra a su perro con la izquierda. “Siempre pienso quiénes serían ellos si no estuvieran así. ¿Fontaneros? ¿Abogados? No sé, qué jodido”. Yo le contesto, que no serían nada en otra vida, porque no hay otra vida. Solo hay esto. Nuestra imaginación juega con lo demás.

Con las cervezas ya apuradas, pasamos de la esquizofrenia a los recuerdos, que se convierten en lo mismo. Alberto tenía 16 años cuando los efectos de la crisis se notaron en casa. Yo también. En poco tiempo, quebró la empresa de su padre, se expuso a juicios, y perdió la inocencia del niño. Sin darse cuenta, le arrancaban de la infancia tardía y, en cuestión de semanas, se convertía en adulto. Alberto y yo estábamos en el mismo grupo de amigos, salíamos de fiesta los sábados por la noche, y caminábamos de lunes a viernes al instituto por las mañanas. Pero yo no sabía que él ya no era un niño, porque yo seguía siéndolo. Ni yo, ni el resto de nuestro grupo. Todos éramos gamusinos y no todos buscábamos desahogarnos en las amistades. Algunos solo querían refugiarse, como Alberto. Y aunque hablásemos de Beyoncé, del bocata de tortilla de los Rosales y de qué beberíamos en el Parral; yo no sospechaba que esa mañana él se había enfrentado a un notario y que, entre nuestra muchedumbre, se sentía solo. “No quería decir nada, para qué. No sabía ni qué decir”, resopla Alberto. Media hora más tarde, cogemos al perro y caminamos de vuelta a casa por las Huelgas. Me da un abrazo y nos despedimos.

Ya en casa no paro de pensar que nosotros no somos tan distintos a los esquizofrénicos con los que trabaja Alberto. Pocos conocen las voces que escuchamos dentro, ni las miserias que ocultamos. Y ahora, diez años más tarde, seguimos preguntándonos lo mismo que a él le aterra: quiénes seríamos si no nos hubiera ocurrido esto.

Ciencia ficción

Sobrevolamos el Atlántico a las tres de la mañana, hora estadounidense. Después de tragarme dos películas y una decena de ronquidos de mis vecinos, uno de ellos decide levantarse al baño, así que me levanto yo también. La cabina parece el firmamento de una película futurista. Cientos de pantallas minúsculas iluminan la sala y lo demás permanece oscuro. Algunos pasajeros apagaron sus televisores y se echaron a dormir, igual que las estrellas. En una esquina, junto al baño, un chico de 17 años habla solo y agita las manos nervioso. Me mira y no me ve. Solo se ven las pantallas. Entre nosotros y el cielo, apenas hay unas laminas de metal. Y aún así, me es más familiar el firmamento colorido y artificial de las pantallas, que el que no creamos nosotros.

 

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Aunque nadie quiere esperar al semáforo, pocos se atreven a cruzar la calle entre las balas neoyorquinas. Hoy, en la 118 con Amsterdam Avenue, se ha alzado un matador. Con 70 años, entradas hasta el cogote y mochila roja al hombro, torea a los coches sin mirarlos. Los cobardes pegados al semáforo le miramos boquiabiertos, mientras él -ignorando nuestra impertinencia- celebra su victoria en el Hamilton Deli. No es para menos: él es un matador y esto es Nueva York.