Quienes fuimos

A las 7 de la mañana, las calles de Burgos se congelan en el tiempo. Solo se mueven las tres hierbas que han crecido en el descampado que hay al lado de mi casa. Vuelvo de Las Llanas, zona de salida y reencuentros para el 90% de la población burgalesa. Para cuando me reencontré con todos, ya salía el sol, un par de setentañeros daban su paseo matutino y varios adolescentes demacrados se arrastraban hacia un taxi.

Giro por el Mercadona. Las farolas están apagadas y ya ha amanecido. Hace un frío de helada, aunque ya sea primavera y el color anaranjado del sol bañe la mitad de la urbanización. Es un sol traicionero: sigue haciendo igual de frío. Cruzo los brazos y miro el móvil: dos llamadas perdidas de mi madre. “Ya estoy en casa”, le escribo. Me quedo un momento fuera del portal. El cristal delantero de su coche está empañado, en la carretera no circula nadie, y las hierbas del descampado (antiguas vías del tren) parecen huérfanas. Podría ser cualquier momento, podría tener 15 años otra vez. Sería la misma escena. El poco viento que hay, aunque mi padre llame a Burgos la Windy City española, se cuela en mi pie izquierdo por el agujero de la zapatilla de lona. Se me sale el calcetín rosa. La verdad es que están roídas y amarillentas: debería buscarme otras. Sobre todo, porque no sé de dónde las he sacado. De un armario de casa. Serían de mis hermanos, pero parecen mías: me quedan a medida.

– ¡Hombre, Carmen! – Alvarito, mi hermano pequeño, sale corriendo del portal con una pala de metal en la mano izquierda y sujetándose el vaquero con la derecha. Está dispuesto a aprovechar el día-. Pero, ¿qué haces?

– Nada, que me lie. ¿Tú?

– Ah. Pues voy a coger alguna planta más para el invernadero. Es que he visto unas por las vías del tren – farfulla luchando contra el aparato de dientes. Lleva con él desde primero de la ESO, pero aún no se ha acostumbrado.

Tiene 15 años, la camisa mal abotonada y el espíritu de conquistador en el cuerpo. Igual que mi madre. Con 7 años vivía en su cabaña cerca de las vías del tren, con 9, acumulaba cobre de las farolas para venderlo “en tiempos de vacas flacas”, y a los 11, ponía trampas de conejos para alimentar a la familia y negociar con la piel. Sin mucho éxito, hay que decir. El cobre sigue en su caja fuerte, la cabaña se cayó un invierno y de los conejos solo vimos fotos. Ahora se ha vuelto ecológico: cultiva lechugas y varias especias en un invernadero improvisado en la terraza de casa. También se ha apuntado a un curso de bonsáis y tiene ya dos macetas que riega una vez al día. No hay que pasarse con el agua.

Se coloca las gafas, arregladas con celo del Carrefour, y sale corriendo con la pala que es casi tan alta como él. Ninguno de nosotros tenía mucha confianza en sus plantas hace un par de meses, pero las lechugas ya han empezado a salir. Alvarito siempre confía en que las cosas salen, que la vida funciona y que todo se puede conseguir. Supongo que el resto somos más escépticos y nos hemos despedido dequienes éramos. Él todavía es el cazador alfa de las vías del tren y el científico obsesionado con los agujeros de gusano, pero yo ya no soy la granjera de conejos ni la montañera que iría a Alaska a escribir una novela. Hago una nube de niebla con la boca, me froto las manos y entro en casa. Mi madre canta en voz baja desde la terraza, y los demás siguen dormidos. Ella también cuidaba sus macetas de Peñaranda de Duero con 13 años, jugaba con las gallinas de la Petra y amaba los pájaros. A los 18, con el pelo largo y los pantalones vaqueros, decidió estudiar Biología. En la terraza, con 10 centímetros menos de pelo y diez más de vaquero, mi madre recorta los bonsáis. Para de cantar, deja las tijeras y me amonesta: “Te estaba escribiendo. ¿Qué horas son estas? A la cama, venga”. Desde la ventana, Alvarito arranca plantas con las manos: la pala pesaba demasiado. Estaba claro. Mi madre riega las lechugas y sigue cantando.

Quince mil

Madrid es una ciudad de más de quince mil taxistas, según las últimas estadísticas. Y, aunque entre esas quince mil personas puedes encontrarte de todo, hay algo que siempre tienen en común: el taxista madrileño es un rebelde.

Tienes al treintañero con el coche lleno de pelusas, que, con una mano en el volante y otra en la ventana, te asegura conocer todos los atajos de Madrid. Sabe más que Google Maps, está claro. Al final el atajo acaba en atasco, y el atasco, en disculpas, justificaciones y 8 euros de más. No lo hace aposta. Él “estaba seguro” y “lo siente mucho”. Agacha las orejas, te cobra y te abandona donde puede; así que tú te bajas y, sintiéndote algo mal por él, corres al trabajo. Al menos él es “su propio jefe”.

En el taxi de al lado, está el obrero que soldó las ventanas de la Torre PwC en la Castellana, cuando estaba en construcción. “Le dije al jefe que tardaríamos unas horas más y que necesitaba ayuda con los últimos cristales. Así que me subí a un amigo y estuvimos mirando Madrid desde las nubes. Qué vistas de pájaro”. Pero unas semanas después, tras una pelea con su jefe, se salió del negocio. “Era de esa gente que piensa que sabe de todo, pero no sabe de nada. Te mandan por mandar. No puedo con ellos, de verdad”, resopla. Estudió carpintería y le gustaba trabajar con distintas maderas, pero en construcción ahora se usa mucho el aluminio. “Me metí en las obras sin pensármelo. Este jefe que te digo era un amigo del colegio y me ofreció un puesto. Bueno, en verdad me dijo que empezásemos una empresa juntos, pero ya sabes cómo van esas cosas. Me acabó dando la patada”. Por eso se hizo taxista.

Otro, al que le quedan pocos años para jubilarse, se conoce por nombre, apellidos y número de WhatsApp a todos los autobuseros de la ciudad. “Antiguos compañeros de taxis”, me dice por el espejo delantero. Hace muecas al autobús 132 y se ríe a destajo, mientras gira por Sinesio Delgado. No faltan tampoco el estudiante de Derecho, que le coge el taxi a su tío para sacarse “unas perras” y te cuenta emocionado cómo funcionan las denuncias en España; el que no habla en todo el trayecto, pero llega el primero al destino; o el argentino que llegó a Madrid hace quince años y que no piensa volver porque allí “no hay nada real, solo belleza”.

La última joya de mi colección es Antonio, cartaginés de nacimiento y valenciano de adopción. Uno más de los quince mil taxistas de la ciudad de Madrid. En su coche, limpio por fuera y brillante por dentro, coloca siempre una bandejita de caramelos de menta, te pide el destino y, con mucho tacto, entabla conversación. Es la segunda vez que me lo encuentro por las carreteras de Madrid y eso, para un taxista de la capital, es ser viejos conocidos. La primera vez, me habló de su hija, una de las muchas españolas veinteañeras que emigró a Alemania en busca de trabajo. Esta vez, me habla de él. Cartaginés, 50 y algún año, divorciado y rebelde; busca la excelencia en su trabajo y la tranquilidad en su día a día. Antonio sonríe por el retrovisor, mientras me cuenta que dejó Murcia con 18 años y se mudó a un pueblo de Valencia. “La huerta valenciana era preciosa entonces. Teníamos 12 kilómetros a la ciudad y disfrutábamos como enanos. Todo verde, con naranjas. Ahora está el metro, una pena. Pero, entonces…”, y recuerda a sus amigos de la juventud, las aventuras en las que se metían sin pensar en las consecuencias y el encanto de la “terra valenciana”.

Fue allá porque quería ser fraile, de la orden de los Capuchinos, pero a los 23 años se desencantó. “Vi que no era lo mío”, suspira. Pronto conoció a la madre de sus hijos, se casó y trabajó durante años de director financiero. Después tuvo una “época hippy”: se fueron a vivir al campo. Y allí comenzó su pasión por el arte moderno: “hacía tapices de colores fuertes, expuse en muchos sitios y vivía de eso, del arte”. Fueron unos años preciosos. Menos por el divorcio, aunque sus hijos se quedaron con él. Volvió a ejercer de director financiero y, un día, se vino a Madrid. Giramos por Plaza Castilla: apenas quedan unos minutos para llegar. “Qué pena. Otro día tenemos que encontrarnos y hablamos más de esto”. Lo que sí me cuenta es que un día decidió ser su “propio jefe”. Estaba harto de recibir órdenes, quería la autonomía, la libertad. Me cobra, nos despedimos y me dirijo a la Torre, mientras él va por otro cliente. Nadie le manda, más que el día a día.

El taxista de Madrid es un rebelde sin causa. Un tío que busca la autonomía más que la comodidad, alguien que solo quiere “ser libre”. Aunque, muchas veces, la libertad está sobrevalorada.

La ciudad de Madrid

1. Matad a los emojis

El bus 132 dirección Hospital la Paz siempre lleva a ancianos con muletas, estudiantes de medicina de la Autónoma y un grupo de chavales que se atreven a ir solos al cole a las 7:30 de la mañana. Hoy, solo viajamos el conductor y yo. Cinco paradas más tarde se montan cuatro niños de once años, se acomodan en los asientos delanteros y discuten sobre sus últimas peripecias. “Buah, flipais qué he soñado hoy”, comenta el líder del grupo. Lleva el cabello castaño, una sudadera de Pull and Bear y la mochila a la espalda, que no con carrito (como otros de sus “colegas”). “Estaba en mitad de una selva y sin cobertura. Mi madre también estaba por ahí. Y yo tenía que matar todos los emojis. ¡Sin cobertura en una selva!”, se ríe. “Mi madre flipaba. Los maté a todos como un amo”. Mató a los emojis. Este sí que es millennial. Se bajan en la siguiente parada para ir al colegio, donde hay cobertura, y el autobús se queda en silencio.

2. La deshumanización del subsuelo

Coger el metro para ir a trabajar a las 9 de la mañana no es una decisión intrascendente. Tardo 12 minutos en llegar a la parada de Metropolitano, cojo el “20 minutos” que me ofrece una chica en chubasquero azul, y me acomodo a la derecha de la escalera mecánica. Saco el móvil, cotilleo Instagram y bajo un par de escaleras simulando tener prisa. En verdad no la tengo, aunque supongo que debería tenerla. No me importa llegar cinco minutos antes o después. Las oficinas siempre estarán ahí y el metro siempre me llevará a ellas. La colmena de Nuevos Ministerios hierve de actividad a las 9 y cinco. Lo hará también a y diez, y veinte e y media. En una esquina cerca de la línea 6, un viejecito arrugado y enrojecido toca la Canción de la Alegría. Quizá tenga cuarenta años o setenta y dos. La edad no importa en el subsuelo. Dos chicas de veinticinco años se chocan, intentando adelantarse a la cola de las escaleras mecánicas mientras escuchan reggaeton mañanero. Mejor que el café, sin duda.Se pisan, chocan y miran la pantalla. Pisoteo, golpe, pantalla. Pero no se miran. Cientos apretados en una jaula de metal de la que entran y salen. A algunos les lleva a la de oro, a otros les permite subsistir. Si no te montas, estás fuera del sistema. Es una caja que permite tomar decisiones, pero no sé si permite ser feliz. Aunque solo ser consciente de lo que falta impide la armonía.

Instinto

Alvarito abre la puerta de par en par y corre hacia el ordenador portátil con un palo en la mano.

– ¡Carmen, busca en Google: “trampas para conejos”!

Tiene solo trece años, pero manda como si tuviera cincuenta. Se balancea sobre el respaldo del sofá para alcanzar el ordenador y los calzoncillos le asoman por encima de los vaqueros. Parece Eminem. Me urge:

-Venga, míralo.

Miro. Paso de Wikipedia a tutoriales en Youtube.

Pero tú, ¿para qué quieres esto?

 Pues para cazar conejos, claro.

 ¿Y dónde hay conejos?

 Cerca de mi cabaña, en las vías del tren.

Hace unos años, mi hermano construyó al lado de las antiguas vías del tren una casucha con un par de maderos y muchas piedras. Es su territorio. Alvarito es el Ralph burgalés de El señor de las moscas, pero no es líder de nadie. Solo de sí mismo. La cabaña es suya, los campos, suyos, y los conejos, al parecer, también. Ni debe a nadie ni espera nada de los demás. Más que los aparejos para la caza. Y en estos momentos, mi portátil. Los ojos se le iluminan detrás de las gafas de nadar graduadas que le ha comprado mi madre. Ha roto cuatro de las normales.  Sonríe satisfecho con una paleta y media; la otra media ni sé dónde la perdió. Construyendo la cabaña, sería. La búsqueda en Internet ha dado resultado: “Cómo preparar tu propia trampa en diez pasos. Qué necesitas”.

 Hilo, dos láminas de madera. Tenemos el ocume de Tecnología, ¿no? Unos cuantos alambres. Fijo que me quedan en la cabaña.

Bueno, déjame que acabe esta compra. Mamá me ha pedido que vaya a Mercadona – le quito el ordenador de las manos y cierro su pestaña -. A todo esto, ¿qué piensas hacer con los conejos?

– Vender la piel y cocinar la carne, hija. He visto en Internet que la piel se vende cara. Con lo que gane construiré alguna trampa más. Y le daré a mamá la carne, comeremos varios días.

Ah, claro.

Le apunto los utensilios que necesita para cazar, porque quiero contribuir a su independencia. Sale corriendo y se oye un portazo. Desde la ventana se ven las vías del tren abandonadas. Nadie más. Solo Alvarito entrando en su cabaña. Mi madre se acerca:

¿Vas a comprar carne al Mercadona, Carmen?

Y salgo de casa a por filetes prefabricados, mientras mi hermano persigue conejos.

Rutas Salvajes

“Termino la carrera y me voy a Alaska”, comenté a mi madre en la cocina. “¿Alaska? ¿Para qué?”. Y empecé a contarle historias sobre la verdad, el sentido de la vida, las Confesiones de San Agustín y la muerte de Sócrates. Eran las vacaciones de navidad y había estudiado el primer semestre de Filosofía y Periodismo. En la maleta sólo traje libros y un par de mudas; y en la cabeza, todo lo demás. Me iría a Alaska sola. Allí escribiría reportajes, leería a Kierkegaard y entendería un poco mejor qué significa ser hombre.

Durante los primeros años de universidad, el rey Midas se acomodó en mis hombros: lo que tocaba se convertía en oro. Un libro de Kant me contaba la verdad absoluta, la asignatura de Economía me descubría los entresijos de la crisis, y para la práctica de Televisión me disfrazaba de rusa. Todo con tal de llamar la atención del público. En primero, leí Hacia rutas salvajes y en segundo, me dispuse a imitar al protagonista. Me iría a Alaska. Sin móvil, coche, ni dinero, pero con mis ideas, con la verdad. “Mamá, que en un par de años me voy de mochilera, eh”. Mi madre pelaba patatas y me escuchaba. Así pasaron primero, segundo y tercero de carrera. Me marcharía de voluntariado y, al acabar la carrera, cogería la mochila vieja de mi padre y recorrería los Alpes. “No quiero atarme a nada hasta que encuentre la verdad, mamá”. Monté un club de lectura con tres amigos, escuché conferencias sobre Aristóteles en el siglo XXI e hice los trabajos voluntarios para las ‘marías’, porque “de todo se puede aprender”. Mientras, trabajé en la Biblioteca, estudié alemán y ahorré para marcharme a Alaska.

En cuarto de carrera, me compré un ordenador MacBook Pro de quince pulgadas y le regalé a mi madre una bufanda de cuadros. No de Burberry, de imitación. Ese verano trabajé en la gasolinera del abuelo: necesitaban dependientes. Ahorré un poco más y aprobé el carné de conducir a la tercera. Los libros de filosofía antigua cogieron polvo en la estantería del salón, me eché novio, un puertorriqueño de mi clase, y, en navidades de quinto, me traje medio armario en la maleta. “Termino la carrera y trabajo donde sea”, murmuré en la cocina. Mi madre se giró: “¿Y Alaska?”. Aparté el ordenador de la mesa y suspiré. “Lo de Alaska está muy bien, pero tengo que pagar la gasolina”. Y comencé a enumerar las páginas en Internet para buscar trabajo, los profesores que podrían enchufarme y los fallos que tenía mi currículum. Mi madre me interrumpió: “¿Y qué pasa con Filosofía, con tu obsesión por la verdad?”. “No sé, mamá. Me encanta, pero ¿qué más da? No pago el alquiler con ideas. La vida no es así”. Al día siguiente me marché a la universidad y me olvidé de Alaska y San Agustín, convencida de que ya sabía qué era ser hombre.

Retazos de Bruselas y saludos de Roma

Como un chico celoso con su novia, así son las nubes con el cielo de Bruselas: lo tapan.*

Día 1: Tengo poco más de veinte minutos de mi casa a la oficina y las calles de Bruselas por las que paso apestan a vertedero. Parece el Madrid de hace un par de años con la huelga de basuras, pero sin huelga. El sistema de basuras de esta ciudad consiste en dejar las bolsas en el portal de la casa y esperar a que pasen a recogerlas. Y, claro, solo pasan dos veces por semana a por la orgánica y una cada dos semanas a por el cartón y los envases. Así que si se te olvida sacar tus latas de atún una semana, te toca guardarlas en la cocina el próximo medio mes. Uno se hace responsable a la fuerza, o a fuerza del hedor, mejor dicho.

Día 2: Ayer fuimos a un after-work en el que estaba la jet set de Bruselas. Ni sé cómo acabamos ahí, pero estábamos en listas. Cruzamos un pasillo de madera, entramos en una terraza, con jardín y piscina, e intentamos camuflarnos con la gente. No hubo manera. Las camisas de seda y los trajes con el pañuelo en el bolsillo, los tacones y vestidos “casual pero elegante”, y las botellas de vino blanco (pero no marca Spar) caracterizaban al 98% de los asistentes. Todos entre 23 y 35 años. El otro 2% éramos nosotros, con deportivas, moño y una chaquetita “por si se levanta el viento”. También la mayoría hablaba flamenco: se ve dónde está el dinero en Bélgica. ¿Conclusión? Todas las jet set de Occidente son iguales, sólo cambia el idioma. Volveremos.

Día 3: En Bruselas, solo hay que echarle cara y confiar en que las normas están para incumplirlas. Ayer por la noche cogimos un Uber para salir por el centro. Éramos seis y en el coche sólo cabían cuatro. “Tú, apretuja, que cabemos las seis”. Entramos. “Uno, dos, tres y cuatro”, dijo el conductor mientras se daba cuenta de que cuatro justamente no éramos. Puso cara de resignación y nos llevó a una discoteca ‘belga’, contándonos historias de su trabajo, el couscous y su nacionalidad (marroquí, que no belga, aunque hubiera nacido en Bruselas). Pasaron tres horas, diez canciones de reggaeton y alguna de electrónica, hasta que nos chaparon el antro. ¿Cómo volver? Sugiriéndole al DJ que vivíamos a su lado. Misma cara de resignación y mismo número de personas. Como dijo Esperanza, “aquí las normas, pf. Esto es el tercer mundo, hija”.

Día 4, Roma: La policía vigila las vallas que separan la plaza de San Pedro del resto de Roma a las diez de la noche. Fuera de las vallas, a los pies de la Santa Sede, decenas de mendigos duermen en cajas de cartón. Algunos tienen carteles colocados cerca de sus sacos de papel: “Una monetina, grazie”. Dentro de la plaza, los turistas que quisieron evitar el sol romano pasean, sacan fotos y comentan qué comerán mañana.

*Estas anécdotas fueron publicadas durante el mes de julio en Facebook. 

En busca de la felicidad

En el vagón preferente del Intercity a Barcelona solo viajamos una familia de estadounidenses y yo. Dos horas después, paramos en Calahorra y suben seis chavales de 18 años. Tienen la cara llena de granos, las gafas de sol puestas y los cascos en los oídos, aunque no escuchan nada. “Es por costumbre”. El silencio del vagón desaparece y la cuadrilla comenta a voz en grito las ganas que tienen de ir a Salou, lo buena que está la Andrea y la pasada que es Tudela. “Joder, Tudela”, dice uno de ellos con la cara pegada al cristal. “Tienen universidad y todo. Voy a vivir aquí, que en Navarra se vive de puta madre”. “¿Mejor que en Logroño?”, le pregunta otro, sorprendido. “Sí, joder. Mira los edificios”. Si Tudela era el sueño de uno de ellos, nuestra parada en Zaragoza es una visita a la fábrica de Willy Wonka para todos. “Buah, mirad. Qué pasada. Fijo que tienen hasta metro”. Los seis señalan al tren de al lado, al presunto AVE “que siempre lleva algo azul” e incluso al techo. Llegamos a Tarragona y se bajan, “¡vamos, chavales!”. A saber qué les espera en Salou, el lugar de sus sueños, seguro.