Mar

Mar es una olla hirviendo, un globo hinchado con la piel tersa, o una discoteca en la que suena reggaeton también a las 7 de la mañana. Hasta en el metro, ella ilumina el vagón. Se recuesta en los dos asientos libres, apartando a otro pasajero con una mano para que yo me siente con ella.

Mar habla, parlotea, se ríe. En un viaje de diez minutos, descubres sus dos grandes amores: Nueva York y su hermano, que son amantes pasajeros desde hace dos semanas.

Y con la efusividad con la que te saluda, “Carmensita, ¡no te reconocí!” abrazo, abrazo, besos al aire; también se despide “me escribes, ¿ah?”, abrazo, abrazo, besos al aire.

Y tú, derrotada en el vagón del metro, te preguntas cuándo se desbordará la olla, explotará el globo, o cambiarán a la música del after.

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Sudor

La línea 1 a las 9 de la mañana da asco a la mayoría de neoyorquinos. A mí me da esperanza. Con 30 grados en la calle y 35 en casa por eso del microclima que hemos creado en el salón, el vagón se acerca a la parada para salvarme de mis goterones de sudor, del maquillaje medio grasiento y del pelo aplastado y demasiado brillante.

Hoy, pese al aire acondicionado del metro, a la mujer de 50 años de mi derecha le saltaban lágrimas de sudor por la frente, la nariz, las mejillas, el cuello, los brazos, las manos. Me agaché con disimulo para ver sus pies y también ahí lloraba la piel. Ella, por vergüenza, pereza o pasotismo, seguía con las gafas de sol puestas, impávida ante las miradas huidizas de sus compañeros de transporte. Se agarraba a la barra con la mano derecha y con la izquierda sujetaba una bolsa de Trader Joes, mientras las gotas se escurrían por su cara.

Está claro que el metro no es refugio para todos, y menos para los que tienen una casa a temperatura otoño, no un horno vivo en el que la única solución pasa -casi- por ir comando.

Confianza

Elvira y Raúl empezaron a salir hace dos años y medio. Para Elvira fue un alivio: había roto con su anterior novio dos meses antes y se sentía sola, inútil y completamente desorientada. Raúl le daba la confianza de la que ella carecía. Al año y medio, se mudaron juntos a una gran ciudad como Nueva York. Seguía siendo un sueño para Elvira. Raúl y ella acabarían el master en una universidad de prestigio, después volverían a su ciudad y se casarían. Él encontraría trabajo en banca y ganaría un sueldo de seis figuras al segundo año. Ella buscaría un trabajo de 9-2, iría al gimnasio por las tardes y se encontraría con sus amigas para el café. Volvería a casa a las 8, donde cocinaría la cena favorita de Raúl y le extendería el pijama verde sobre la silla de su cuarto. Así pasarían los primeros años de matrimonio, hasta que se quedara embarazada.

Por eso, Elvira aún no entiende por qué Raúl le ha dejado. Llora y llora en los hombros de quienes le escuchan. Les pregunta por Raúl, por su decisión, por su insensibilidad, les pregunta qué hace ahora, si llora por ella, si tiene ya otra novia. Y al mismo tiempo busca con avidez a otro hombre que le sustituya, porque sola se siente inútil y completamente desorientada.

 

 

El codo

Cuando era niña, mis amigas y yo nos hacíamos preguntas trascendentales: ¿Cuál es la parte de tu cuerpo que más te gusta? ¿Y la que más odias? También utilizábamos respuestas facilongas: “me encanta el color de mis ojos”, “¿has visto mis dientes de conejo?”, “odio mi nariz achatada”, y un largo etc. Por fin hoy tengo la respuesta a la segunda pregunta. Odio la piel del codo, arrugada, gruesa y grasienta. Me recuerda a las patitas y la cabeza de pollo que robaba de la cocina con diez años para perseguir a mi hermana por el pasillo, mientras ella gritaba por su supervivencia. Se lo comento a mi compañera de trabajo y ella contesta: “Ya, es piel de viejo, solo que la tienes toda la vida. Un spoiler de lo que viene, vaya”.

 

Rupturas

Cuando a Mariana Ricardo le dejó por primera vez, su mundo se derrumbó. Y con él, sus superfluas amistades con las chicas de clase, como Laura e Inés, que solo la escuchaban para enterarse de qué ocurría con Ricardo. “Lo siento, Mariana. Te quiero, pero ahora no puedo tener una relación”, le dijo con ojos de cordero mientras miraba la hora. Su autoestima cayó por los suelos y no paraba de preguntarse: “soy yo, es él, qué hice, por qué dije, y si hubiera, y si tuviera, y si y si”.  Pero y si “¿qué?”, se respondía enfadada. ¿Él? Un hombre débil y dubitativo, que la mareaba desde hacía año y medio. Después de perseguirla desde cuarto de secundaria, Ricardo se desinteresó cuando Mariana accedió a una cerveza en los Rosales. La segunda vez que rompieron, Mariana ya se sabía la tonadilla, pero también creyó que era definitivo. Lloró durante once días y, al duodécimo, se levantó a las ocho de la mañana y se fue a caminar hasta San Pedro de Cardeña. Dos horas de ida, una hora de descanso, dos horas de vuelta. En total, cinco horas pensando en Ricardo. Volvió a casa, se puso a estudiar para Dibujo Técnico y mandó un par de mensajes de texto a sus amigas de gimnasia rítmica para planear el fin de semana. Dos días después, Ricardo le llamó: que si te quiero, que si fue un error, que si te adoro, que si no me abandones, que si qué hago sin ti. Mariana -entre dudas- cedió: “La última, Ricardo”. Tres meses después, lo volvieron a dejar. Ahora van por la séptima, y Mariana, hastiada de todo, odia la pequeña esperanza que le queda siempre que terminan. Conoce a Ricardo y sabe que, como a la mayoría de los hombres, le cuesta tomar decisiones definitivas. Lo tiene que decidir ella, pero no se ve con fuerzas. “¿La última?”, se pregunta. La undécima. De ahí no pasa.

 

Fábrica

En la ONU, como en toda gran empresa, hay diferentes clases de empleados. Está la clase política, siempre de traje, en su cuarentena o pasados los cincuenta, con papeles en la mano y, muchos de ellos, con gafas de miope. Luego, las ONGs -la clase revolucionaria, que institucionaliza la revolución-. Rondan los veintitantos y visten de ‘smart casual’. Es decir, pantalón azul con camiseta blanca, falda larga con blusa verde, o, mucho más visible, pelo muy corto en mujeres o muy largo en hombres. Y ya, por último, la plebe. También conocida como la clase periodista. Vaqueros con camisa de rayas, pelo rizado fuera de control, deportivas con traje, o falda con zapatillas blancas. Todos con el uniforme adecuado, porque, al final, queremos que nos identifiquen dentro de la empresa.

*Me faltan los becarios, que no saben dónde caerse muertos, pero -muchas veces- creen tocar el cielo.

Masa

Retuerce el brazo derecho sobre la barra del metro y se rasca el trasero con la izquierda; mientras la tripa, como la masa del pan, se le escapa por encima del vaquero. Aunque me encante la textura viscosa y blandengue de las masas, nunca me gustaron las barrigas pastosas de los hombres, pese a que solo cambie la composición, no la textura. Y menos aún de mis compañeros de vagón.