Via

Desde hace unas semanas, la línea 1 de metro deja de pasar por la calle 116 a partir de las once y media de la noche. Ya son las dos y media de la mañana, y sigo por la 116, así que me quedan pocas opciones de transporte. Pido un Via, una app más barata que Uber, me despido de mi compañera de fatigas inesperadas y me recoge Muhammad en la esquina de la 112.

Muhammad, mi conductor de Via, es pakistaní, cuarentón y muy simpático. Tras dos minutos de conversación anodina sobre el tiempo, me pregunta, citando a Burning, qué hace una chica como yo en un sitio como este. Le cuento mi breve historia con poco interés, y él me pide sonriente -según veo por el espejo retrovisor- que le enseñe inglés. “Pero si hablas genial, no necesitas mi ayuda”. Se encoge de hombros. “Mis clientes dicen eso, pero tengo demasiado acento”.

Muhammad ya tiene ciudadanía y vive en Estados Unidos desde hace 10 años, pero su familia, a quien visita de vez en cuando, sigue en Pakistán. Aquí, convive bastante con otros inmigrantes pakistaníes en Queens: “Nos juntamos por Ramadán y más fiestas religiosas, ¿sabes? La verdad es que estoy contento”. Su único problema es el reajuste de expectativas. Antes de venir, era abogado para el fiscal de su distrito; ahora, es conductor de Via con aspiraciones de policía neoyorquino. “Me presenté a los exámenes, pero sigo en lista de espera, por eso quiero mejorar mi inglés. Solo estudié gramática y me cuesta hablar. Aunque en realidad, me gustaría volver al derecho”.

No hay tráfico por Amsterdam Avenue y Muhammad gira con la calma por la 143. Aparcamos delante de mi portal y me pone una canción de Bollywood, medio española medio hindi. Espero a que se acabe y le pregunto: “¿Por qué viniste a Estados Unidos?”. “¿La verdad? Quería ver América, así que vine. Pero tengo suerte. Todo el mundo quiere venir y yo ya estoy aquí”. Si algo no le falta son ganas de vivir. Cierro la puerta, nos despedimos y Muhammad se pierde en la noche de Nueva York en busca de su próximo cliente.

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Apariencia

Cruzo el campus para marcharme a casa a las ocho de la tarde. A mi derecha, dos chicas asiáticas caminan tres veces más lento que yo, que no soy un velocípedo. Con gafas, abrigos hasta los pies y flequillos euskaldunes, hablan sobre sus respectivas vidas sociales. Cuando paso a su lado, escucho la preocupación vital de una de ellas. “Oye, ¿tú crees que parezco una empollona?”. La otra se ajusta las gafas, se aprieta la coleta y le agarra el brazo: “Para nada”. Me abstendré de comentarios pero, como diría mi hermano Josemaría, en tierra de ciegos el tuerto es el rey.

***

El miércoles una amiga comentaba que los asientos del metro neoyorquino son amorfos. Solo cabe un culo muy flaco en cada asiento. El mediano ya sufre y el gordito ocupa dos. Entonces, o queda un agujero entremedias que nadie sabe cómo gestionar. O se mete alguien y te aprieta cual sardinilla. Por ejemplo, yo ahora mismo tengo espacio para mi mochila, pero el de delante apenas puede respirar. To sit or not to sit: el dilema neoyorquino.

Indiscreción

Ventanas indiscretas enmarcan los patios interiores neoyorquinos. A partir de las cinco de la tarde, las casas se encienden y las calles se apagan. Me recuerdan a cuando, en el Great Gatsby, Nick mira por la ventana después de una buena borrachera. Vemos escenas parecidas, pero a la mía le falta glamour y le sobra suciedad. Desde mi ventana en Harlem, puedo ver hasta seis vidas ajenas, ocultas tras cortinas amarillentas o trozos de cartón. A la derecha, dos hombres miden unapuerta y discuten levantando los brazos. Entra una mujer de pelo cano; y ambos la miran, escuchan y callan. Llevan dos semanas renovando un piso que se cae a pedazos desde hace treinta años. Justo enfrente de mi ventana, unos pies caen a los lados de la cama. Lunes, miércoles y viernes, descansan ahí después de comer. Mi vecina no perdona la siesta del mediodía. En la ventana de la izquierda, un veinteañero recién salido de la ducha riega sus dos cactus en toalla. Y en la mía, una chica con un moño alto y poca vergüenza recoge su cuarto al ritmo de Camela. La ventana indiscreta es un peligro pasadas las 4,30, porque los patios interiores neoyorquinos esconden vidas cotidianas con lienzos demasiado finos para ocultarlas.

Locos

Tres semanas fuera de Nueva York y se me olvida su desgarro. Los locos -o enfermos mentales, según los eufemismos americanos- recorren el subsuelo de la ciudad. Uno de ellos, afroamericano de 35 años, viaja en el metro de la línea 1 dirección downtown. Con la mano izquierda se agarra al asiento del metro y con la derecha exprime un zumo de melocotón de marca blanca. Me siento a su lado: cascos puestos y mirada fija en la pantalla del móvil. “Perdona, ¿cómo te llamas?”. Le ignoro, porque esa es la función de los cascos, y él insiste: “Eh, eh. Que cómo te llamas”. Me quito un auricular y le contesto: Carmen. Saborea mi nombre y sigue con la conversación. “¿Y eres de aquí?”. Su volumen es más propio de un bar español a la una de la noche, que del metro neoyorkino a la una del mediodía, así que el resto de viajeros gira la cabeza. “No, de España”. Con ese dato, mi interlocutor se deshace en carcajadas entrecortadas por su tos. “¿Dónde en España?”. Los demás transeúntes nos lanzan miradas huidizas. Aunque simulan estar ocupados con sus libros y smartphones, en realidad beben cada palabra, como hacemos todos cuando queremos meter oreja. “Valladolid, al norte de Madrid”. Valladolid, qué inteligente. Mis historias falsas nunca fueron muy atinadas: una vez dije que me llamaba Maria del Carmen, por no querer dar mi verdadero nombre. Plot twist: mi verdadero nombre es Maria del Carmen. “¿Cómo se escribe eso?”. Se lo deletreo y él canta la palabra entre risas. El vagón me mira y me sonríe, pero él sigue tarareando: “Va, va, ia, ia”. Se acaba el zumo y me levanto para irme. “Bye, Va-ia-lid”. Coloca el brick espachurrado a su izquierda, se recuesta sobre el asiento y, según se transporta al sur de Nueva York, entona en voz baja el nombre de la ciudad castellana.

 

De pueblo

El 22 de diciembre, la estación de autobuses de Sants se asemeja a un mercadillo dominguero: peleas entre gitanos, turistas asiáticos y señoras de 50 años que se quejan del servicio agitando sus paraguas. A a las 20:30, llegan seis autobuses dirección Galicia. Miguel, lucense, moreno y con un lunar en el labio superior, conduce el primero. Lleva el vehículo vacío y la lista de nombres de los pasajeros junto al freno de mano. Detiene el autobús en el tercer andén y se baja sin prisa. Solo quiere acabar su jornada, llegar a casa y olvidarse de lo demás. El pobre –así se ve a sí mismo- no tiene vacaciones desde verano, cuando pasó unos días en Vivero, el pueblo de su madre Antoñina. Ahora le esperan doce días de reposo en Lugo con su mujer Cristina y sus dos hijos. Pasarán una semana en la ciudad y el fin de semana de Nochevieja en Vivero donde darán paseos por la costa y recogerán caracoles.

Abre las puertas del autobús y desaparece bajo una avalancha de mujeres sesentonas, que preguntan, con voz chirriante, si el vehículo lleva a Ourense, Ponferrada, Logroño o Burgos. De normal, les diría sin enfadarse que miren el cartel del cristal delantero. El autobús para en Vitoria, León y Lugo. Hoy Miguel ni les mira. Se acerca a los clientes que esperan en silencio al lado izquierdo de la puerta, les busca en la lista y les deja entrar al autobús. Las señoras siguen gritando y Miguel no se gira. Una de ellas le sacude la muñeca: “Pero, vamos a ver, que si este autobús pasa por Burgos”. Miguel aparta el brazo de un golpe y le contesta: “Señora, que mire el cartel”. Acaba la lista, se sube al autobús y arranca camino a Lugo, dejando atrás a cinco o seis mujeres indignadas con su “falta de profesionalidad”.

Media hora más tarde, Miguel huele el inconfundible tufo de las pipas Tijuana. Detrás de su asiento, un hombre de 40 años las mastica con ese chasquido asqueroso que solo hacen los viejos y los niños. Miguel odia las pipas. Perfuman el autobús con un hedor a adolescente mojado: mezcla de sudor y suciedad aliñada con saliva. El pasajero lleva pantalones negros de dos tallas más, sudadera de Repsol amarilla y roja, una mano en la bolsa de pipas y otra sujetando el Samsung junto a la oreja. Uno más de los pueblerinos que creen dominar el mundo, pero no se dominan ni a sí mismos. “Hola, cariño. ¿Qué tal? Estamos saliendo de Barcelona, llegaré a Vitoria sobre las 4 de la madrugada. Quería ir mañana a la seguridad social, para lo del paro, pero depende de mi madre. ¿Está despierta?”. Deja la bolsa de pipas y aconseja a su interlocutor sobre las pastillas para dormir que toma su madre y el zumo de naranja que se bebe a las 8 de la mañana. El resto de autobús dormita y Miguel mete oreja.

Antoñina, su madre, también traga pastillas todas las noches, porque en julio de 2015 le diagnosticaron Alzheimer. A Miguel a veces no le reconoce, pero sí recuerda la costa de Vivero, donde sus hijos jugaban a la peonza cuando tenían cinco y seis años. Lo bueno, según Miguel, es que ya no recuerda que conduce autobuses. Él se considera una vergüenza para la familia, ya que Antoñina es mujer de médico e hija de abogado. Miguel estudió Biología en los 80, pero la crisis le pegó un revés. Durante quince años, trabajó de profesor en un colegio privado de Lugo, así que no se sacó la oposición pública, pero en 2009 ajustaron el personal y Miguel dejó de ser necesario. Se llevó consigo una buena indemnización, pero también la vergüenza del paro. Con dos hijos y una mujer que trabajaba de dependienta en el SPAR, Miguel se sacó el permiso B y consiguió empleo en ALSA, donde ha trabajado los últimos 6 años.

Paran en Vitoria y el pasajero de las pipas baja las escaleras. “Feliz Navidad”, le dice Miguel con una sonrisa. “Y que el 2018 nos traiga vidas mejores”. “Gracias, hombre, igualmente”. Miguel sale del autobús para estirar las piernas y fumarse un cigarro. Le quedan 11 horas de carretera por delante y una bolsa de pipas Tijuana, que se ha comprado en el bar de la estación. A fin de cuentas, Miguel también es de pueblo.

San Remo

En el San Remo, dos hombres leen el Diario de Burgos mientras se toman un cortado. Uno, que luce boina negra, se recuesta en el taburete, el otro, con una chaqueta de cuadros escoceses, lee las noticias de Belorado. Son las 9 de la mañana y el San Remo, bar burgalés, ya saca las tortillas de patata, los pinchos de jamón y las aceitunas verdes. De fondo, se escucha un debate sobre Cataluña, a lo que el de la boina pone los ojos en blanco. A la derecha parpadea la máquina tragaperras, máxima expresión del entretenimiento español. Y a su lado, la camarera enciende la estufa de butano. Pido una tostada con tomate y ella me responde que si soy de Burgos o de fuera: “Los de aquí siempre la piden con mantequilla y mermelada. Los del sur con tomate. ¿Tú de dónde eres, cariño?”. Tiene 40 años, el pelo corto y, según mi madre, una sonrisa para todos. En las baldas del bar ha colocado el Belén: a un lado el nacimiento y a otro los tres Reyes Magos. “De aquí, de aquí”. Hablamos un rato más, acabo el desayuno y nos despedimos. Cuando salgo, entran dos mujeres de 50 años a “descansar un poco”. Se sientan junto a la barra y piden café con leche (“fuerte, por favor”) y dos tostadas con mantequilla (“el pan es de verdad, de hogaza, no ese de Bimbo”).

Pantallas

En la parada 50 de la línea 1, se monta una madre afroamericana con botas de monte en sus pies y dos hijos en su mano derecha. Stephanie y Ethan son neoyorkinos experimentados: aprovechan esas 11 paradas de metro para culturizarse. Stephanie tiene cuatro años, luce dos kikis con coleteros rosa palo y los labios manchados de chocolate. Ethan, a quien le asoman tres pelos de su dulce pubertad, lee con avidez el Molly Moon del 2017. Ella, cotorra y movida, me cuenta con aspavientos cómo funciona el Samsung Galaxy de su madre. “Don’t worry, it works”, me repite tres veces mientras bloquea y desbloquea la pantalla. Él solo mira de soslayo porque, a su edad, ninguna realidad supera la ficción. Y mucho menos su hermana con un smartphone. Según se bajan en la 137, Stephanie se gira y me desea unas felices fiestas. Con el móvil todavía en la mano, grita “God bless you!” y se pasa la manga por el morro. Solo le quedan dos motas negras en las comisuras. Yo, una parada más tarde, no paro de pensar en los tres pelos de Ethan y en la verborrea de Stephanie. La infancia neoyorkina no es tan distinta: en sus pantallas se refleja Nueva York.